martes, 31 de marzo de 2015

AL SUR DE MI RECUERDO HAY UNA CANCIÓN.



Cuando aquel bulto forrado con un talego, venía bamboleándose  sobre el anca del caballo que mi padre bebido  venía cabalgando;  tuve la extraña certeza que aquel bulto se iba a caer. El caballo se detuvo junto a la puerta de la casa, mientras mi padre gesticulaba y desataba un discurso  ininteligible para el común de los mortales. Con mucho esfuerzo, ayudamos  a mi padre a apearse mientras remataba su deshilvanado discurso con un contundente ¡carajo!.  El bulto fue desatado con premura y mucha curiosidad. La envoltura era un talego de harina sol que soberbio lucía un radiante sol verde dentro de un círculo rojo.

En la sala de la casa el bulto fue descubierto de la tela que un día fuera blanca. Era una caja  roja por la parte superior, por donde  aparentemente era la tapa; y por la parte inferior más amplia, verde. Tenía un pestillo dorado con una curvatura barroca que sujetaba la aparente tapa. Con mucho cuidado desenganchamos el pestillo de lo que en efecto era la tapa, lo levantamos y apareció frente a mí un espejo que reflejaba mi abobada mirada de quien no sabe que ha descubierto. El develamiento de la tapa no solo hizo aparecer el espejo en su dorso que reflejaba ahora mi sonrisa, sino también sobre la base superior de la caja ahora descubierta, un artilugio incomprensible para mí, compuesto por un disco y un brazo de plástico negro con una punta de metal en su extremo libre.

Cuando mamá abrió las puertitas de la caja, encontró un paquete de discos, sacó y colocó uno de ellos sobre el disco de metal que la caja tenía; luego cogió el brazo de plástico negro y lo colocó sobre el disco y entonces empezó a fluir desde la caja una melodía que nos maravilló.  Y papá en el patio continuaba su sempiterno discurso sobre amanuenses y cuatreros.

La melodía era la cumbia “La Momposina” que hasta ahora resuena en mis oídos como recordándome  aquel momento de encantamiento y magia. En ese bodoque de discos que traía  en su vientre de tripley aquel tocadiscos encontré géneros de diversa laya; desde los Bee Gees hasta el plañidero género de Lucio Pacheco. Toda esa colección sin duda competía con creces con los ritmos y géneros que don Miguel Flores, “El chino Flores”,  regalaba en sus audiciones radiales al pueblo a  través de sus altoparlantes colocados en las ventanas circulares de su casa en la plaza cada vez que su ansioso  corazón le inspiraba escuchar música junto con sus ariscos vecinos.

Aquel tocadiscos que un día había llegado a nuestra casa para distraer a veces nuestras tardes melancólicas; nos enteramos luego que, había sido producto de un trueque entre la Gringa Margaret y mi padre. El tocadiscos, que en el documento de trueque, tomaba vida como “un artefacto denominado Pick Up”,  había sido canjeado por una casa propiedad de mi padre en el balneario de Upacasha. Luego de un tiempo; el tocadiscos icolor, así como un día llegó  inusitadamente desapareció como por encanto.  

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