martes, 6 de noviembre de 2012

RECUERDOS DE UN VIAJE




Enfrentar la hoja en blanco tratando de pergeñar alguna historia que bulle en nuestra mente como bicho encerrado que intenta escabullir su encierro es una tarea poco menos que angustiante. Sin embargo, el recuerdo de un encuentro con un primo te devuelve, a veces, esa vocación casi innata de narrar, o como dijera GGM, la bendita manía de contar.
Ayer me he encontrado, en una calle mojada por la lluvia de la víspera, con Hernani Amez quien vive en los Estados Unidos que anda de visita después de mucho tiempo y de manera fugaz por Chacas. Andaba junto a “Tato” Reyes (a propósito cual es el nombre de Tato, nos conocemos tanto tiempo y nunca me había preguntado cual es su nombre), buscaban carbón, les di una pista, espero que hayan encontrado. Sucede que encontrarme con Hernani, me llevó inmediatamente a recordar una serie de circunstancias de un viaje, que bien vale recordar.
Delmar tenía un camioncito DODGE 300 celeste de quien era asidua cliente una mujer huaracina a quien  en Chacas solo la conocimos por “La Viuda”, que se dedicaba a la compra y venta de frutas. Una mujer sumamente impulsiva y en ocasiones  desprendida con sus virtudes femeninas; que en una ocasión, no quiero recordar por qué, no tuvo el menor empacho de zamparle un furibundo golpe con el taco de su pesado sueco en la frente a Jeshu Lento. La misma que al abrir la puerta apolillada de la cantina de doña Virginia sorprendiendo  a Mundo fisgoneando por la rendija de la puerta para ver quienes “chupaban” dentro lanzó la memorable y sarcástica sentencia: “Aca core río, coren sapos”*.
Con “La Viuda ” a bordo del camión un grupo de amigos, aprovechando nuestra cercanía a la parroquia conseguimos cada uno de nosotros que la parroquia nos enviara en comisión de servicios a la ciudad de Huaraz. Delmar, el trasportista, con su cliente contratista -La Viuda- a la diestra, Mundo a comprar abono e insecticidas, Uruchi a comprar huevos para la incubarlos en la incubadora que nos había obsequiado Giuseppe, Wapi a hacer unos trámites en  HIDROANDINA y la  ABB  que no tenía oficina en Huaraz y yo, que por ese entonces trabajaba en la Cooperativa Artesanal don Bosco, a hacer unos trámites en el Seguro. Cada uno cumplió su cometido en horas de la mañana y en la tarde nos dedicamos a ayudar a Mundo que en cada tienda era tratado como párroco y que no aclaraba su condición de lego con la finalidad que le rebajaran el precio de las cosas.
Con satisfacción de tarea cumplida paseábamos por las bulliciosas calles de Huaraz  cuando una figura hercúlea y unas barbillas en el horizonte de una de las calles con aire a subterráneo se configuraron como Hernani. Luego de los saludos protocolares, casi inmediatamente, Hernani nos invitó a  un lugar que se llamaba la “Cueva del Oso”. La camarera que nos vino a atender fue inmediatamente acribillada por las miradas lujuriosas de quienes veníamos como mineros del viejo oeste aparentemente a quebrantar la ley y el orden. Todos nos servimos con agrado la copas de licor  que de cuando en cuando nos traía la camarera excepto Mundo que tomaba con ciertas reticencias por un problema en sus articulaciones. Pero, cuando el licor empezó a introducirse en cada una de sus vasos capilares parece que las articulaciones empezaron a distenderse y Mundo pidió que nos trasladáramos a una discoteca.
En la discoteca el lego Mundo que había sido confundido como clérigo se  despachaba cada ritmo con una coreografía nunca vista para nuestros ojos comedidos más bien al recato  y la timidez. Cuando se percató que no bailábamos arrumados en un rincón de la discoteca, no dudó en dictaminar lo siguiente: “Hernani mañana venimos solamente nosotros. No hay que traer a estos aburridos”, dictamen que nos sonó a orden de retirarnos y en efecto nos fuimos dejando a Hernani y Mundo en la discoteca “Amadeus”.
Legamos al amplio dormitorio quíntuple del Hotel “Landauro” en que nos habíamos hospedado y nos disponíamos a dormir cuando escuchamos el crujido de las tablas producto de los borceguís  de Mundo que se acercaban a la puerta. Al rato unos tímidos golpes se escucharon en la puerta, era Mundo que intentaba que le abriéramos la puerta; como nadie le abrió recurrió al cuartelero para que le abriera la puerta. Una vez dentro, procuró hacer el menor ruido para encontrar su cama; sin embargo, desde lo más profundo de su lecho Uruchi le espeto: “Carajo, estas son las horas de llegar?”
Al día siguiente desde las seis empezaron los comentarios, las bromas y los planes para el retorno. Mientras la charla se mantenía viva observé que debajo de la cama de Wapi había un pantalón, muy sigilosamente lo arrastre y empecé a hurgar en los bolsillos. Encontré un fajo de billetes y otros cachivaches plásticos, entonces extrayendolos y haciendo alarde y para que todos vieran empecé a contar el dinero diciendo “a ver, cuánto he gastado anoche. Cien, dos cientos, tres cientos…” a lo que Wapi inmediatamente replicó “Oye, mira Curu no ha gastado casi nada”, sin entrar en la cuenta que contaba su propio dinero. Cuando se dio cuenta que contaba su propio dinero se abalanzó como una fiera para rescatar  sus magros ahorros.
*“Por acá recorre un río, corren sapos”

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