martes, 11 de octubre de 2011

AMORES PERROS


Circundando el pequeño pueblo que era Chacas, el Gordo, llevaba a Liz enganchada del brazo cual presa de su  furor amatorio que le nacía de cuando en cuando. La casaca que le había puesto en la cabeza era una exageración que revelaba su obsesión para que no la reconocieran en la oscuridad impenetrable de la noche. Tal vez esa obsesión se justificaba teniendo en cuenta los amigos que tenía. Si por alguna razón del destino se topaba con alguno de ellos y la reconocían, en  la clase y el recreo sería el punto vital de la chacota general. 
Ella casi era remolcada como cuando en la actualidad los policías trasladan casi a rastras a los presos que se esfuerzan por ocultar su identidad mientras la  prensa se regodea. En cada esquina su seboso  raptor se cuidaba, cual espía en plan de escamoteo, de vigilar la presencia humana por las desoladas calles de Chacas. Cuadra a cuadra fueron avanzando atravesando la noche oscura hasta llegar a la puerta desvencijada que a duras penas se sostenía y al abrirse o cerrarse hacia un ruido  imposible de encubrir. Tuvo que cargarla para que sus pasos aparentaran el paso de una sola persona y su madre no notara la presencia de quien había sido raptada voluntariamente.
Al fin ya estaban en el dormitorio y se acomodaron sin hacer ruido ni luz, encontraron al tacto la cama, el bacín debajo de la cama, el antiguo tocadiscos cuya antena la rompió Ucush o tal vez Curu en una borrachera que Francesco no quería recordar. La puerta apolillada dejó oculto lo que pasó; tal vez se dijeron palabras bonitas, versos breves de adolescentes, solo lo saben el Gordo y Liz, raptor y raptada. Pero, la noche que fue breve para ambos se estaba terminado y un rayo de luz azulina ingreso por el orificio que siempre tienen las tapias y los despertó quien sabe muy tarde. Se apresuraron por rehacer la cama y salir hasta la puerta para despedirse. El Gordo despidió  a la moza,  en la que quien ya se insinuaba una ligera carnosidad, con un beso en la frente y un fugaz arrumaco.
Cuando hubo vuelto al cuarto, Francis se dio una siesta mientras esperaba el dulce toque de campana de colegio.  Mientras tanto su madre se puso en pie y empezó el trabajo cotidiano de preparar el desayuno para los bellacos  que eran sus hijos. Cuando entró a la cocina  como un pantallazo estaba al frente suyo el vacío de  los dos jamones que los había cuidado con esmero, pues no estaban en su sitio. Partes de ellos yacían en el piso descarnados por un hocico carnívoro y  voraz. Inmediatamente provocó un alboroto, peculiar en ella,  lanzó acusaciones a diestra y siniestra, acusaciones que fueron inmediatamente refutadas por Néstor, el hijo menor, con el contundente argumento que en la noche había visto en la pared al perro blanco  de la señora Perpetua, madre de Liz,  merodeando  la casa. Frente a un argumento tan contundente, el Gordo, no tuvo otra respuesta sino sonrojarse, con lo que admitía implícitamente que el can de su amada había caído débil frente a la tentación de la carne convirtiéndose así en su delator.         

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