lunes, 12 de septiembre de 2011

SIRENA ENCANTADORA…

Cerro Condor Senga - Acochaca
Articulo publicado en la revista
"Puente" del Circulo Social Acochaca.
Las fiestas nocturnas en el “Puerto” eran muy concurridas por muchas razones. Una era el clima un poco menos frío que el de Chacas lo que generaba en uno una especie de temperamento un poco calenturiento que luego se podía mitigar, no recuerdo bien, si con una jarra de chicha o unos vasos de cerveza, pero liquido al fin. Otra eran las lindas chicas que siempre  abundaban en eso confines del “astillero” de Acochaca y que se veían más lindas aun entonadas por la brisa  de la orilla fría del río.
                            Incitado por una bella “deidad” o como dice la canción por una sirena encantadora y a riesgo de recibir una reverenda garrotera me escabullí de mi casa de Chacas para emprender, en una noche de luna casi llena, una evasión, una huida del férreo control de mi padre para asistir a una de estas fiestas que en el “litoral” se celebraban. Había flechado mi sensible corazón los dulces encantos de una prima que vivía en el “puerto”. Acompañado de dos compinches voluntariosos que me ayudado a bajar por el poste junto a mi casa, ya estaba en la fiesta bien peinadito con la gomina llena de polvo levantado del camino.
                            La música suena más diáfana, el baile se torna mágico y como un sortilegio incompresible entras en la cuenta que sostienes las manos tersas de quien hasta hace un rato era casi inalcanzable. Pues, después de unos vasos del elemental líquido dorado casi todo aquello que  veías como una nube lejana se va haciendo cercano y real.    En efecto, ya estaba bailando con la linda prima, susurrándole palabras dulces en su aterciopelado pabellón auricular. Bueno, la fiesta duró hasta muy  temprano, es decir; hasta la cinco de la mañana del día siguiente o tal vez cuatro no recuerdo bien. Lo que si recuerdo bien es que dormí o pretendí dormir en la casa de  la prima y por ende de la tía.  No vaya Ud. A pensar lo que me estoy imaginando que está pensando, nones, solo pasé lo que restaba de la noche como huésped en la casa de mi tía.
                            No bien puse mi atormentada cabeza en almohada, pensado darle sosiego aunque sea por unos momentos,  alguien empezó a caminar y hablar consigo mismo como buscando algo. Después de algunos minutos tal vez, media hora, encontró lo que buscaba. Era un burro que se había subido a una especie de altillo que coronaba unas escaleras de piedra. La aurora se insinuaba en el horizonte y el dueño del jumento trepador insistía en su intento de hacer bajar con un griterío que despertó a todo el vecindario.
                            Tuve que suspender mi sueño y mi pereza para integrarme a la tropa de jaladores  que con  intensión de la bajar al burro que como oponiéndose a abandonar la posición elevada que había conseguido durante la noche se resistía en el segundo piso junto al horno, mientras nosotros jalábamos la hirsuta soga. Después de mucho esfuerzo el gris jumento fue bajando peldaño a peldaño tras cada estirada de reata que por ratos me hacía sospechar que se rompería. El burrito ya en el patio recibió una palmada compresiva de su amo y luego de cargarlo de la molienda se marcho dejándonos incuestionablemente despiertos.
                            Ya no teniendo ningún argumento para seguir quedándome, intente despedirme y fui compelido a desayunar por mi tía siempre generosa, que luego de un ligero ajetreo me sirvió un fuerte café con un plato de papas y huevos fritos. Qué más podía pedir luego de una jornada imprevista sino ese desayuno reparador. Luego de la despedida, con el cuerpo maltrecho y el corazón henchido de nostalgia emprendí el retorno  a Chacas  quien sabe a recibir una paliza.
                            Quería hacer este introito narrativo para a partir de él hacer notar que Acochaca, puerto del caminante sediento, siempre tuvo (tal vez  tenga todavía) personas con una característica  particular: esperar al sediento caminante con la espumosa chicha, alcanzar al  hambriento viajero un humeante choclo y al friolento anochecido ofrecerle un rincón en el patio y una manta para abrigarse. 
                            Con este modesto relato rindo homenaje a la Sra. Lucinda Vizcarra, a mis tías Berta Oliveros, Octavia Castro y otras mujeres que como ellas hicieron de Acochaca un   lugar en el que con toda seguridad no quedarías desamparado. Y rendir homenaje a la gente es rendir homenaje al pueblo que lo cobija.

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