miércoles, 9 de febrero de 2011

ENTRE FIORI Y CHINCHURAJRA

ENTRE FIORI Y CHINCHURAJRA


Cuando llegó al terminal de Fiori tuvo que sortear con esfuerzo las combis, los sangucheros, los otros pasajeros para poder llegar a la zona de los buses para Huaraz. El llenador le anunció casi como burlándose el precio del pasaje; pero, le resultó un precio cómodo. Se subió  al bus en el que los pasajeros ocupaban eran un tercio de la capacidad del bus. Tuvo que resignarse a una larga espera antes que el bus se llenara y empezara a moverse. Algunos pasajeros dormían otros cenaban o se refrescaban bebiendo alguna gaseosa y el bus seguía inmóvil. Cuando bordeaba la medianoche el bus recién empezó a moverse lentamente y enrumbó hacia el norte.
El cansancio lo aletargó. Durmió de largo y solo se dio cuenta que habían llegado cuando la pasajera de su costado lo sacudió para que despertara y poder pasar. Bajó del bus maldiciendo que el carro hubiera llegado tan temprano. Hacia un frio glacial a esas horas en Huaraz. Se dirigió a la agencia de “El Veloz” y para su alegría aun había pasajes libres. Había temido no encontrar, porque para la fiesta de Chinchurajra muchas veces se agotaban los pasajes. Tuvo que darse una pestañeada esperando embarcarse nuevamente, faltaban aun una hora y media. Aunque el asiento de la sala de espera era incomodo pudo dormir algo. Empezó a clarear el día y también a llegar los otros pasajeros.    
Como nunca, el carro llegó antes de la hora de salida. El ayudante, un joven rollizo avisó que el carro iba a Chacas, San Luis y Yauya. Casi de inmediato, Polo, dispuso sus cosas y  se subió al carro; se acomodó en el asiento estrecho  y calculó que iría con las piernas confinadas a ese espacio de cincuenta centímetros entre cada asiento; pero, se reconfortó pensando que lo hacía por San Miguelito.
Cuando el carro arrancó y empezó a desplazarse sintió alivio, pensendo que llegaría a tiempo  y con toda seguridad. Se puso a recordar la fiesta, en la gente de todas partes que visitaría a San Miguelito, en los milagros que este había hecho, en las promesas de sus fieles, en las peleas de todos los años, en fin…  
Cuando voltearon el último cerro que ocultaba Chacas y pudo ver nuevamente el pueblo se llenó  de un espíritu festivo, le pasó toda la modorra y el desgano al que le había arrastrado el viaje. Cuando llegaron a Chacas y busco su maletín, no lo encontró en el lugar que suponía lo había puesto. Reclamó, grito, amenazó en vano. Su maletín se había esfumado y no podría recuperarlo. Sin más ropa que la llevaba puesta bajó con la única esperanza que alguien que se había confundido le alcanzara.  Espero y espero; pero, no sucedió lo que esperaba.
Sentado ahí solo, triste, acongojado, casi imperceptible entre la muchedumbre que observaba la comparsa de disfraces azules y mascaras anónimas, permanecía expectante de cada movimiento, de cada giro, de cada contorción que hacían los que hubieran sido sus compañeros de baile si  no le hubiera ocurrido aquel aciago percance. Ya una vez le había sucedido algo similar pero por otras razones.
Ese día llegaron de todos lares, había gentes de los lugares más inimaginables de la región. Mucho con rostros fieros, esquivos y temerosos de algo o alguien que tal vez estaba en todas partes,  la conciencia, esa eterna persecutora. La gente abigarrada  en los rellanos de ladera sentada bien comiendo una ensalada de lechugas con jamón, o lamiendo uno helado, o tomándose unas cervezas celebraba la festividad de este santo milagroso de su devoción. En otras oportunidades dicen que hubo mucha pelea, trifulca, pendencia, y dicen que eso sucede cuando al santo no le atan las manos. Esta vez la fiesta estaba tranquila solo un borrachín molestoso o un mozalbete juguetón o un cohete medio maluco  con su demora para explotar impacientaban a la gente. Y el  sol que arreciaba inmisericorde  mientras él con su vestimenta perdida solo se resigno a observar a los huanquillas que zapateaban como quien burlándose de su suerte.

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